Mi barrio.
Al salir de mi casa, de la mano de mi madre, a comprar cruzábamos una avenida muy grande llena de coches y camiones. Gasolinera, pinturas polímeros, aparcamientos en naves enormes ennegrecidas por tanto humo de coche y ambiente húmedo. Pasábamos por una calle en la que habían solo negocios de muebles y al doblar la esquina nos encontrábamos en un barrio más acogedor. Estaba la Casa de Socorro, al lado el Cine Iberia. Nunca entré en ese cine por que mi madre decía que tenía mala fama y que no se fiaba. Luego, o antes, estaba la panadería, después del cine, casi en la esquina, estaba la huevería de la suegra de mi tía, sólo vendía huevos. Ya en el chaflán la Droguería perfumería de Albert, Albert era el experto en droguería y su hija llevaba la perfumería, además de vender sus mercancías daban los consejos necesarios para su manipulación y adecuadas aplicaciones. Después venía el zapatero que arreglaba miles de zapatos y los dejaba brillantes, mejor qu nuevos. Se sentaba en un banquito o silla baja detrás de un yunque en el que claveteaba infinidad de clavitos en las suelas de los zapatos. Me encantaba la maestría con que lo hacía, llevaba un delantal muy curtido. Después estaba la carnicería, Manolo y su mujer. A mi madre siempre le servía Manolo, con su delantal superblanco y su bigote fino, debía cortar muy bien la carne y además era alegre y simpático. Su mujer era como más tristona. Luego venía una pastelería. Mi madre solía ir a otra que estaba en la calle de al lado.
En la acera de enfrente había una papelería, la llevaba una chica que hubiera sido posible dibujada por Robert Crumb, no era muy alta, era moderna, siempre llevaba pantalones, blancos. Era de pelo moreno y lo llevaba muy largo, Tenía un 600, y por lo visto tuvo un accidente con él y se mató.
Después la calle ofrecía dos posibilidades la que te llevaba hacia el mercado que es la que cogíamos donde desembocaba en la bodega donde se podía comprar a granel de todo, aceite, vinagre, vino, sifón, el vino quinado y cola, o sea zarza parrilla, antes de que la aniquilara cocacola. Todo tipo de productos. Y ya tomábamos lo que llamábamos el callejón que tenía el pavimento de adoquines grandes de rodeno, rústico, con los bordes redondeados, pero precioso, a mí me gustaba mucho ir por él, ya quisieran muchas calles ser ahora como ese callejón.
Llegabas al mercado del barrio y estaba a tope de puestos, dentro, por fuera todo alrededor, y en los edificios aledaños. Se vendía de todo. Dentro estaba el puesto de los huevos. Era un puesto pequeño y la que lo llevaba era amiga de mi madre, así que allí hacíamos una parada en la que ella y mi madre hablaban. Yo mientras, saltaba y supongo que me cansaba de tanta charla. Pero mi madre siempre me tuvo en consideración. La zona de pescadería, separada del resto por una puerta, amplia. Atravesar este hueco en la pared era como pasar a otro mundo. Mas fresco con una luz general más gris. Las paradas abiertas con todo el pescado sobre las losas de mármol blanco. Había un sonido más metálico que en la zona de frutas y verduras, que era el espacio mucho más grande y más colorido. Los peces brillaban y eran raros. Un mundo era el de la tierra y el otro el del agua. Jajajá.
Y luego salir a la calle, otro mundo. En un chaflán había una casa que vendían algunos muebles como mecedoras y mesas camilla, almohadas, accesorios para la casa. Y en frente estaba totenplástic. La tienda más moderna, como su nombre indica todo lo que vendían era de plástico.
También está la iglesia. Otro mundo, de recogimiento, de piedra, techos muy altos, bancos y reclinatorios de madera. Más hacia el centro de la ciudad, hay una avenida de palmeras, Una tienda pequeña pero repleta de castañuelas. De todos los calibres, de todas las maderas, de todos los precios. Famosa.
Cerca de esta avenida de palmeras, en un piso antiguo, de estructura y distribución típicamente valenciana, un edificio de ladrillo macizo, no muy alto, sin ascensor, con escaleras amplias con barandillas de hierro vivía una de mis tías abuela por parte de mi madre, que era soltera, el pisomera grande pero no había cuarto de baño, el waterno había tenido hijos (al parecer),y tenía una habitación llenetita de muñecas. Les hacía su ropa, y las tenía todas colocadas, cuidadosamente. Creo que ya hablé de ella tiempo atrás. El balcón de su cocina daba a un jardín lleno de vegetación y me gustaba mucho asomarme allí. Solo se veía el interior de la manzana, por encima las copas de los árboles y por debajo la sombra, el suelo de tierra apisonada. El sol radiando y los pájaros cantando.