Isabel la Católica se llamaba el primer colegio al que yo fui. Desde parvulitos a 5º de primaria, sin pasar por 3ª, supongo que para adaptarme al nuevo plan de estudios, la EGB, con lo que pasé de forma automática a 5º de EGB en otro colegio y a formar parte del grupo experimental de la nueva ley. Este colegio, el Isabel la Católica estaba formado en los bajos de un edificio en pleno barrio de Ruzafa. Sus dueñas eran dos mujeres mayores que iban vestidas de negro absoluto, Doña María, alta y delgada, que era la directora y Doña Luisa, más baja y más gordita, a Doña Luisa la conocí un día que fui con mi madre a su casa a verla, no sé con qué motivo, igual es que estaba enferma.
En el recibidor, digamos, había un mueble vitrina de madera que alojaba una casa de muñecas, antigua, sin nada de plásticos, que me dejaba fascinada.
Pasabas por distintas aulas, entonces se llamaban clases, que eran habitaciones de la casa adaptadas al menester de impartir clases. Según entrabas de la calle, primero estaba el despacho de la directora, a la derecha, continuaba un corto pasillo al recibidor en el que también a la derecha estaba la clase de párvulos, amueblada con banquitos de madera. Había un pequeño cuartito al que me llevaron alguna que otra vez a parar mi sangrado de nariz, las maestras que trabajaban allí, eran amables y simpáticas, sobre todo las más jóvenes que iban introduciendo pedagogías más modernas como de que nos compráramos unos pantalones elásticos para hacer gimnasia. Luego estaban, de matemáticas, Doña Amparo y su hija Doña Amparito, esa sí que era un fenómeno, siempre estaba preocupada por el cuidado de sus uñas, que eran laaargas y pintadas de un rojo intenso, entonces eran naturales y se enfadaba mucho si por culpa de algún alumno le rompía una. Continuando con el recorrido pasabas a un porche por el que, también a la derecha se encontraba una clase amueblada con pupitres de madera con tapa que se levantaba y en la que había un agujero por el que se podía acceder a un tintero de cerámica blanca que ya no utilizábamos pero en los que todavía habían restos de tinta reseca y a la izquierda se encontraba la clase de los chicos, de mediano tamaño y continuando por el porche, la clase de labores, la más grande, bien iluminada, de vuelta al porche teníamos los aseos, váteres, y la fuente donde bebíamos agua. Bajando un escalón te encontrabas en el patio con una forma irregular, que al doblar a la derecha te encontrabas con la zona de recreo de los chicos, chicos y chicas estábamos juntos pero separados.
En el patio habían bancos de obra, forrados de trencadís, muy bonitos con los bordes de azulejo azul cobalto.
Los arriates iban pareciéndose cada vez más al monte, hasta que al final del patio había alguno con pinos, y todo esto dentro de la manzana de edificios en medio del barrio.
Vuelvo a la fuente donde bebíamos, verdadero motivo de mi relato. Era como de piedra, blanca, y estaba adosada a la pared, o sea, vertical. Tenía dos agujeritos por los que salía el agua en forma de chorrito fino que caían a la pileta. Estos chorritos discurrían de forma continua y se enroscaban formando espirales infinitas. Supongo que el agua además de aplacar la sed de los niños iba a parar al riego de los arriates. Ingeniería simple pero efectiva. Desde el patio podías ver, si te fijabas, las galerías de los vecinos de la manzana, pero era como fijarte más allá de tu mundo, y no tenía interés para los niños, simplemente, estaba allí como un telón de fondo que era borroso, sin interés. Qué bonito, el agua siempre corriendo en forma de tornillo.