Reconocimiento sí, condescendencia no.
A todos nos reconforta una caricia y si hay alguien que no le guste se lo debería mirar. El reconocimiento por parte de otras personas nos reconforta. La condescendencia nos hiere, quizá levemente, como el que se pincha con un cactus de pinchas finas. No es grave, pero duele bastante.
Tenemos el alma guardada en el fondo de un baúl, como ropa blanca, lavada con agua del río, tendida al aire y al sol, planchada, plegada y guardada. Cuando sacamos esta ropa del baúl, la extendemos y aireamos, esta, desprende un aroma a limpio, que no a detergente y productos químicos, sino a limpio y puro. Se transforma el ambiente, y el aire, la humedad, la luz, te envuelve. Todos los sentidos perciben en sincronía. Te preguntarás a qué viene todo esto tal vez?
Pues viene a que, como se dice, a nadie le amarga un dulce. Estamos aquí para disfrutar de la vida.
Celebrémoslo con amor y alegría, mimándonos, cuidándonos, con ternura e inocencia. No nos maltratemos a nosotros mismos. En nuestra mano está, esto es libre albedrío, poder decidir si quieres o no seguir sufriendo a lo tonto.