azulferri

ESCAPARATE CREATIVO

5 junio 2022

Cuando tenía ocho años.

Ocho, signo que representa el símbolo del infinito, solo que en pie en vez de acostado.

Estando en este concierto, que se celebró ayer, en el que se reproducía música andalusí, recordé lo que me había recomendado, un rato antes, el amigo de una amiga, que entiende de medicina china y que me hizo un reconocimiento en medio de la calle, la recomendación consistía en que pensara qué cosas me gustaba hacer cuando tenía ocho años y que intentara hacerlas ahora y que anotara los cinco sentidos en un cuaderno y cosas relacionadas con ellos, esto como terapia.

Al llegar a la sala del concierto encontré un sitio en primera fila, un lujo, por diez €, a dos o tres metros de los músicos, perfecto. A la segunda o tercera pieza me sumí en la búsqueda de recuerdos de los ocho años. Qué me gustaba a esa edad. Desde los siete yo ya me consideraba mayor, Una vez soñé con mi caballo Bruno, porque era marrón, marrón oscuro, bruno, brown, braun, bru, moreno, gitano, mi caballo era yo, ese caballo me estaba representando, yo era ese caballo.

Y calculé en que curso estudiaba a los ocho años y mis cálculos me dieron que tercer curso de primaria. Y me vi en el patio del colegio con todos los demás niños. Un patio muy bonito con el suelo de adoquines pequeños, de piedra de color claro, con bancos de trencadís, con ese azul, no sé si cobalto o ultramar, una fuente de la que caían dos chorritos finos de agua de forma continua y se enroscaban hasta llegar a la pileta, también de piedra, pequeña pero graciosa donde al llegar salpicaba en forma de millones de gotitas diminutas, y de los que bebíamos toda el agua que queríamos, fresca, aireada… y el aire estaba perfumado por los jazmines. Y la clase de labores, la más grande, de forma rectangular, orientada al sur-este, que era como una sala multiusos de ahora solo que muy agradable con ventanas de madera que daban al patio y por ellas entraba una luz resplandeciente y cautivadora, y. En mayo, cada madre llevaba un ramo de rosas de todos los colores y los colocaban en búcaros y jarrones dispuestos en un altar, era el mes de las flores y olía a flores y a medida que pasaba el tiempo iba adquiriendo el aroma a vegetación fermentada o agua estancada.

Me gustaba mucho dibujar y pintar, igual que siempre. Nos tumbábamos en el suelo de la terraza y nos dibujábamos el contorno con tizas de colores haciendo posturas según la acción que queríamos representar. Era divertido y bonito el resultado, lástima que entonces no teníamos nada con que hacer fotos. Estábamos fascinadas con el pecho de las mujeres, las tetas, nos poníamos un globo poco hinchado y retorcido, como si fuera un infinito, debajo del vestido y simulaba un par de mamas perfectas, qué risión, jajajá. Quedan esas imágenes plasmadas en la retina de nuestra memoria, como retazos de nuestras vivencias, adornados igual en el recuerdo, como una biblioteca con multitud de datos aguardando, ahí, a nuestra disposición. Qué maravilla.

Me gustaba mucho disfrazarme, de hada con magia, de gitana…, nos hacíamos vestidos y toda clase de accesorios con papel de periódico y la hermana mayor de mi amiga nos hacía peinados fantásticos y espectaculares.

Me gustaba saltar a la cuerda cuando daban entre dos y saltábamos muchos, y cantábamos no se qué de don Simón, y nos pone colección, colección uno, colección dos, o algo así. Tengo que contarle todo esto a mi amigo MOS, el mosquito que pasaba por ahí.

Algunos de los instrumentos del concierto de ayer.

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