Cuando tenía, al rededor de 30, o treinta y alguno, experimenté de forma espontánea una auténtica experiencia religiosa, un acontecimiento místico, la genuina unicidad, comprendí en un instante que mi cuerpo material era el vehículo del que disponía para desenvolverme en este mundo, y sentí que debía cuidarlo y amarlo lo más posible, para que pudiera hacer uso de sus prestaciones con el mayor provecho posible.
Y todo esto, así, por las buenas.